Tus alas se abren ante el infinito y celeste cielo de Mayo; son las doce de la mañana, y en ese momento en el que el canto del Ángelus nos hace sentir un escalofrío que no nos abandonará durante el resto de la jornada, abres las alas para sentir la brisa del aire de Doñana sobre la plata que te baña.
Aunque parezca que te dispones a echar al volar, jamás te marcharás de nuestro lado, porque tu sino es quedarte con la carreta que para tí soñó Maireles; la carreta de tu simpecado; el simpecado sobre el que te posaste con la intención de quedarte con nosotros para siempre.
Paloma que abres las alas para cobijar y dar resguardo a todos los peregrinos, que tu mirada al horizonte no nos falte nunca, porque tras ese horizonte se halla la ermita con la que deseamos reencontrarnos cuando el camino termine; la ermita cuyo umbral cruzaremos llenos de polvo y cansados para mirar a tus ojos y dejar que broten los sentimientos.
Aunque parezca que te dispones a echar al volar, jamás te marcharás de nuestro lado, porque tu sino es quedarte con la carreta que para tí soñó Maireles; la carreta de tu simpecado; el simpecado sobre el que te posaste con la intención de quedarte con nosotros para siempre.
Paloma que abres las alas para cobijar y dar resguardo a todos los peregrinos, que tu mirada al horizonte no nos falte nunca, porque tras ese horizonte se halla la ermita con la que deseamos reencontrarnos cuando el camino termine; la ermita cuyo umbral cruzaremos llenos de polvo y cansados para mirar a tus ojos y dejar que broten los sentimientos.























